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El jurado del Premio Nadal 2011 (formado este año por Germán Gullón, Lorenzo Silva, Andrés Trapiello, Ángela Vallvey y Emili Rosales) ha decido otorgar el galardón en su 67ª convocatoria a la escritora albeceteña Alicia Giménez Bartlett por su obra 'Donde nadie te encuentre'.
La novela, que narra la historia de un psiquiatra y un periodista que buscan a un ambiguo personaje refugiado en las montañas, se basa en el personaje real de Teresa Plà Meseguer, una maquis conocida como "La Pastora" o "Fulgencio". La leyenda que rodea al personaje cuenta que tras sufrir una humillación por parte de unos agentes de la Guardia Civil, Teresa Plà, que luego también sería conocida como Durruti, se unió al maquis.El Nadal, dotado con 18.000 euros, ha rendido en esta edición homenaje a Miguel Delibes, fallecido el pasado 12 de marzo, y ganador del premio en 1947 con La sombra del ciprés es alargada.
En la misma ceremonia, celebrada en el Hotel Palace de Barcelona, se ha concedido también el XLIII Premio Josep Pla de narrativa en catalán a Cristian Segura con su primera novela, El cau del conill (en español, La madriguera del conejo) que puede ser interpretada como "una historia de supervivencia de un empresario que por designios de la globalización sufre una crisis empresarial, que coincide con una crisis familiar y humana personal".
Fuentes: El País, papelenblanco y Europapress

Emilia Pardo Bazán
Los Magos
En su viaje, guiados día y noche por el rastro de luz de la estrella, los Magos, a fin de descansar, quisieron detenerse al pie de las murallas de Samaria, que se alzaba sobre una colina, entre bosquetes de olivo y setos de cactos espinosos. Pero un instinto indefinible les movió a cambiar de propósito: la ciudad de Samaria era el punto más peligroso en que podían hacer alto. Acababa de reedificarla Herodes sobre las ruinas que habían hacinado los soldados de Alejandro el macedón siglos antes, y la poblaban colonos romanos que hacía poco trocaron la espada corta por el arado y el bieldo; gente toda a devoción del sanguinario tetrarca y dispuesta a sospechar del extranjero, del caminante, cuando no a despojarle de sus alhajas y viáticos.
Siguieron, pues, la ruta, atravesando los campos sembrados de trigo, evitando la doble hilera de erguidas columnas que señalaban la entrada triunfal de la ciudad, y buscando la sombra de los olivos y las higueras, el oasis de algún manantial argentino. Abrasaba el sol y en las inmediaciones de la villita de Betulia la desnudez del paisaje, la blancura de las rocas, quemaban los ojos.
«Ahí no encontraremos sino pozos y cisternas, y yo quisiera beber agua que brotase a mi vista» -murmuró, revolviendo contra el paladar la seca lengua, el anciano Rey Baltasar, que tenía sedientas las pupilas, más aún que las fauces, y se acordaba de los anchos ríos de su amado país del Irán, de la sabana inmensa del Indo, del fresco y misterioso lago de Bactegán, en cuyas sombrosas márgenes triscan las gacelas.
La llanura, uniforme y monótona, se prolongaba hasta perderse de vista; campos de heno, planicies revestidas de espinos y de malas hierbas, es todo lo que ofrecía la perspectiva del horizonte. En el cielo, de un azul de ultramar, las nubes ensangrentadas del poniente devoraban el resplandor de la estrella, haciéndola invisible. Entonces Melchor, el Rey negro, desciende de su montura, y cruzando sobre el pecho los brazos, arrodillándose sin reparo de manchar de polvo su rica túnica de brocado de plata franjeada de esmeraldas y plumas de pavo real, coge un puñado de arena y lo lleva a los labios, implorando así:
-Poder celeste, no des otra bebida a mi boca, pero no me escondas tu luz. ¡Que la estrella brille de nuevo!
Como una lámpara cuando recibe provisión de aceite, la estrella relumbró y chispeó. Al mismo tiempo, los otros dos Magos exhalaron un grito de alegría: era que se avistaban las blancas mansiones y los grupos de palmeras seculares de En-Ganim. En Palestina ver palmeras es ver la fuente.
Gozosa se dirigió la comitiva al oasis, y al descubrir el agua, al escuchar su refrigerante murmullo, todos descendieron de los camellos y dromedarios y se postraron dando gracias, mientras los animales tendían el cuello y el hocico, venteando los húmedos efluvios de la corriente. Así que bebieron, que colmaron los odres, que se lavaron los pies y el rostro, acamparon y durmieron apaciblemente allí, bajo las palmeras, a la claridad de la estrella, que refulgía apacible en lo alto del cielo.
Al alba dispusiéronse a emprender otra vez la jornada en busca del Niño. La mañana era despejada y radiante. Los rebaños de En-Ganim salían al pastoreo, y las innumerables ovejas blancas, moviéndose en la llanura, parecían ejércitos fantásticos. La proximidad de la comarca donde se asienta Jerusalén se conocía en la mayor feracidad del terreno, en la verdura del tupido musgo, en la copia de hierba y florecillas silvestres, que no había conseguido marchitar el invierno.
Baltasar y Gaspar reflexionaban, al ritmo violento del largo zancajear de sus monturas. Pensaban en aquel Niño, Rey de reyes, a quien un decreto de los astros les mandaba reverenciar y adorar y colmar de presentes y de homenajes. En aquel Niño, sin duda alguna, iba a reflorecer el poderío incontrastable de los monarcas de Judá y de Israel, leones en el combate, gobernantes felicísimos en la paz; y la vasta monarquía, con sus recuerdos de gloria, llenaba la mente de los dos Magos. ¡Qué sabiduría, qué infusa ciencia la de Salomón, aquel que había subyugado a todos sus vecinos desde los faraones egipcios hasta los comerciantes emporios de Tiro y Sidón; el que construyó el templo gigante, con sus mares de bronce, sus candelabros de oro, su terrible y velado tabernáculo, sus bosques de columnas de mármol, jaspe y serpentina, sus incrustaciones de corales, sus chapeados de marfil! ¡Qué magnificencia la del que deslumbró con su recibimiento a la reina de Saba, a Balkis la de los aromas, la que traía consigo los tesoros de Oriente y las rarezas venidas de las tres partes del mundo, recogidas sólo para ella y que ella arrojaba, envueltas en paños de púrpura al pie del trono del rey! Cerrando los ojos, Baltasar y Gaspar veían la escena, contemplaban la sarta de perlas desgranándose, los colmillos de elefante ostentando sus complicadas esculturas, los pebeteros humeando y soltando nubes perfumadas, los monillos jugando, los faisanes y pavos reales haciendo la rueda, los citaristas y arpistas tañendo, y Balkis, envuelta en su larga túnica bordada de turquesas y topacios, protegida del sol por los inmersos abanicos de pluma, adelantándose con los brazos abiertos para recibir en ellos a Salomón... No podían dudarlo. El Niño a quien iban a adorar sería con el tiempo otro Salomón, más grande, más fuerte, más opulento, más docto que el antiguo. Sometería a todas las naciones; ceñiría la corona del universo, y bajo su solio, salpicado de diamantes, se postraría la opresora ciudad del Lacio. Sí, la ávida loba romana lamería, domada, los pies de aquel Niño prodigioso...
Mientras rumiaban tales ideas, la estrella desaparecía, extinguiéndose. Encontráronse perdidos, sin guía, en la dilatada llanura. Miraron en torno, y con sorpresa advirtieron que se había separado de ellos Melchor. Una niebla densa y sombría, alzándose de los pantanos y esteros, les había engañado y extraviado, de fijo. Turbados y tristes, probaron a orientarse; pero la costumbre de seguir a la estrella y el desconocimiento completo de aquel país que cruzaban eran insuperables obstáculos para que lograsen su intento. Ocurrióseles buscar una guía, y clamaron en el desierto, porque a nadie veían ni se vislumbraba rastro de habitación humana. Por fin, aparecióse un pastor muy joven, vestido de lana azul, sujeto a la frente el ropaje con un rollo de lino blanco. Y al escuchar que los viajeros iban en busca del Niño Rey, el rústico sonrió alegremente y se ofreció a conducirlos:
-Yo le adoré la noche en que nació -dijo transportado.
-Pues llévanos a su palacio y te recompensaremos.
-¡A su palacio! El Niño está en una cuevecilla donde solemos recoger el ganado cuando hace mal tiempo.
-Qué, ¿no tiene palacio? ¿No tiene guardias?
-Una mula y un buey le calientan con su aliento... -respondió el pastor-. Su Madre y su Padre, el Carpintero Josef de Nazaret, le cuidan y le velan amorosos...
Gaspar y Baltasar trocaron una mirada que descubría confusión, asombro y recelo. El pastor debía de equivocarse; no era posible que tan gran Rey hubiese nacido así, en la miseria, en el abandono. ¿Qué harían? ¿Si pidiesen consejo a Melchor? Pero Melchor, envuelto en la niebla, caminaba con paso firme; la estrella no se había oscurecido para él. Hallábase ya a gran distancia, cuando por fin oyó las voces, los gritos de sus compañeros:
-¡Eh, eh, Melchor! ¡Aguárdanos!
El Mago de negra piel se detuvo y clamó a su vez:
-Estoy aquí, estoy aquí...
Al juntarse por último la caravana, Melchor divisó al pastorcillo y supo las noticias que daba del Niño Rey.
-Este pobre zagal nos engaña o se engaña -exclamó Gaspar enojado-. Dice que nos guiará a un establo ruinoso, y que allí veremos al Hijo de un carpintero de Nazaret. ¿Qué piensas, Melchor? El sapientísimo Baltasar teme que aquí corramos grave peligro, pues no conocemos el terreno, y si nos aventuramos a preguntar infundiremos sospechas, seremos presos y acaso nos recluya Herodes en sus calabozos subterráneos. La estrella ya no brilla y nuestro corazón desmaya.
Melchor guardó silencio. Para él no se había ocultado la estrella ni un segundo. Al contrario, su luz se hacía más fulgente a medida que adelantaban, que se aproximaban al establo. Y en su imaginación, Melchor lo veía: una cueva abierta en la caliza, un pesebre mullido con paja y heno, una mujer joven y celestialmente bella agasajando a un Niño tiernecito, que tiembla de frío; un Niño humilde, rosado, blanco, que bendice, que no llora. Lo singular es que la cueva, en vez de estar oscura, se halla inundada de luz, y que una música inefable apenas perceptible, idealmente delicada y melodiosa resuena en sus ámbitos. La cueva parece que es toda ella claridad y armonía. Melchor oye extasiado; se baña, se sumerge en la deliciosa música y en los resplandores de oro que llenan la caverna y cercan al Niño.
-¿No oyes, Melchor? Te preguntamos si debemos continuar el viaje... o volvernos a nuestra patria, por no ser encarcelados y oprimidos aquí.
-Y vosotros, ¿no oís la música? -repite Melchor, por cuyas mejillas de ébano resbalan gotas de dulce llanto.
-Nada oímos, nada vemos... -responden los dos Magos, afligidos.
-Orad, y veréis... Orad, y oiréis... Orad, y Dios se revelará a vosotros.
Magos y séquito echan pie a tierra, extienden los tapices, y de pie sobre ellos, vuelta la cara al Oriente, elevan su plegaria. Y la estrella, poco a poco, como una mirada de moribundo que se reanima al aproximarse al lecho un ser querido, va encendiéndose, destellando, hasta iluminar completamente el sendero, que se alarga y penetra en la montaña, en dirección de Belén.
La niebla se disipa; el paisaje es risueño, pastoril, fresco, florido, a pesar de la estación; claros arroyillos surcan la tierra, y resuena, como en mayo, el gorjeo de las aves, que acompaña el tilinteo de la esquila y el cántico de los pastores, recostados bajo los terebintos y los cedros, siempre verdes. Los Magos, terminada su plegaria, emprenden el camino llenos de esperanza y de seguridad. Una cohorte de soldados a caballo se cruza con la caravana: es un destacamento romano, arrogante y belicoso; el sol saca chispas de sus corazas y yelmos; ondean las crines, flotan las banderolas, los cascos de los caballos hieren el suelo con provocativa furia. Los Magos se detienen, temerosos. Pero el destacamento pasa a su lado y no da muestras de notar su presencia. Ni pestañean, ni vuelven la cabeza, ni advierten nada.
-Van ciegos -exclama Melchor.
Y los Magos aprietan el paso, mientras se aleja la cohorte.

Regalar un libro es una de las acciones más frecuentes estas vacaciones, pero no es tan común que se piense en el álbum ilustrado.¿Cómo habría sido la historia de la Navidad de haber existido las redes sociales?
Esta original idea, desarrollada por el estudio digital portugués Excentric, queremos que sea nuestra felicitación navideña para tantas bibliotecas escolares de todo el mundo que trabajan incansablemente con el fin de contagiar la magia de la palabra.
Desde Más que libros Feliz Navidad y Feliz año 2011.
(Disponible también en inglés)
Visto en: pixelydixel.com

Foto, pues, simbólica donde las haya. Mientras sale en la foto un señor que se llama Chabás y que ahora en muy conocido en su casa a la hora de comer, entre el publico estaba un muchacho, hijo del coronel del Regimiento de Ingenieros, que se llamaba Luisito Cernuda, pero ninguno de los mangones de Madrid tuvo el detalle de decirle que, ya que no lo invitaban siquiera a leer sus versos, por lo menos subiera a hacerse la fotografía mientras pegaba el fogonazo el magnesio del fotógrafo del diario "La Unión". En la foto está un señor que se llama Bacarisse, cuyo máximo honor actual es que la gente lo confunde con el gran pintor gibraltareño afincado en Sevilla que fue don Gustavo Bacarisas. Nada, los de Sevilla, como no mangaban viaje de Ignacio Sánchez Mejías, inéditos para la historia visual de la poesía española contemporánea. Aquí, si quieres ser alguien en la poesía, coge el tren y vete a Madrid, que ya te pagará el señorito Sánchez Mejías el billete de vuelta, como se lo ha pagado incluso a los andaluces, al gaditano Rafaelito Alberti, a Lorca el granaíno.
Por eso hay que hacer justicia a Sánchez Mejías, y por eso Idígoras y Pachi lo han puesto ahí delante del estrado que preside don Manuel Blasco Garzón. Al negro empleado del Llorens que salió de primer Rey Negro en la Cabalgata de José María Izquierdo le han dicho:
-- Acerca una silla, que se va a poner don Ignacio en la foto, para hacerle justicia histórica.
Y ahí está Ignacio, tan bien sentado, tan bien plantado, tan torero, con el compás abierto, despatarrado en la silla, delante de los escritores. Escritor era Sánchez Mejías al fin y al cabo. El autor del drama Sinrazón y de la comedia Zayas. El cuñado de Joselito el Gallo. El que tuvo que dar muerte en Talavera al Bailaor que había matado a José. El gran banderillero. El genio que debutó en Madrid toreando una novillada de Fernando Villalón, que eso es como matar un Romance del 800 y una Toriada. Si la Generación del 27 existe, en parte es gracias al señorito rumboso que los convidó y los congregó en el mangoneo de Pino Montano y del Hotel Pacífico. Si Fernando Villalón existe como poeta, es porque Ignacio Sánchez Mejías lo animó a escribir. Sánchez Mejías fue presidente del Real Betis Balompie, tanto arte no puede ser más que bético. Esto de la Generación del 27 no lo puede inventar más que un bético. El Betis es el único club de fútbol de todo el mundo que tiene en su historia un presidente muerto por un toro. A ningún presidente de ningún club de fútbol le ha dedicado nunca ningún García Lorca un elogio fúnebre en forma de un Llanto que forma ya parte de la historia de la literatura universal. Es lo menos que Federico podía hacer por aquel genialón señorito de Sevilla al que sus colegas de Madrid le mangaron el viaje fundacional de la Generación del 27. Por la cara".
"Podría remontarme a esa oralidad con la que empecé a disfrutar, no ya del acervo importante de la literatura heredada, sino también de otras muchas historias reales que mi abuela me contaba cuando me recostaba en su corazón. Fue el tiempo en el que conocí de oída las fiestas y las bodas de su pueblo, las matanzas, la siega de los cereales y sus cantos y romances populares. No andaba lejos ni la fantasía, ni la truculencia de los sacamantecas, ni los lobos que se llevaban las escasas gallinas de los pobres.
Podría remontarme a la literatura oral, aunque fuera tan sólo por evocar a ese núcleo, casi siempre femenino, de madres, abuelas y fámulas.
Ahora tendría que situarme en el tiempo que andaba embebida en los viajeros románticos, y centrarme en el libro que me hizo lectora y con el que experimenté lo que he dado en llamar la lectura de la emoción. Diré que estaba en edad, en la misma edad en que aquella maronita, se enamorara perdidamente de Omar-bey-el-Husén-musulmán de Trípoli- y que con ese sentimiento amatorio, silencioso y correspondido, desafió las leyes de su sociedad. Desde que leí esa historia tengo el ferviente deseo de recorrer la geografía que palpé en ella, escenario de un amor pasional que le costó la vida a una muchacha de dieciséis años, muerta por un disparo en el enigmático recinto de los cedros del Líbano. Quisiera reflejar aquí, la capacidad de información que puede atesorar las páginas de un libro. Con éste supe de la dispensa que gozan los sacerdotes maronitas, dependientes de la Iglesia de Roma, para poder contraer matrimonio y formar familia. Del arte de la cetrería y de la hospitalidad del árabe. Del verdadero significado amatorio del “Cantar de los cantares”, porque Yamilé también tenía los labios como “una cinta de púrpura” y su amante la añoraba, como Salomón añoraba a la zulamita desde los mismos territorios. Anduve la cordillera del Kornet-es-Sauda y me acerqué a las gargantas de sus ríos. Y aprendí la morfología de aquellos caballos autóctonos, por la deslumbrante yegua que dejó Omar, en las cuadras del jeque Rachid-el-Hamé, como dote por su hija. Claro que, lo que más hubo de impactarme por razones obvias, fue el tribunal de familia que se constituyó, deliberó, condenó y ejecutó a una adolescente, por amar a un hombre de otra formación religiosa. Pero no era solamente información lo recibido, también era formación emocional como propia experiencia. Después de esa lectura vinieron otras y otras, y así he vivido la piel de los asesinos y de los héroes. He estado en lupanares y palacios, y sé del vicio y de la virtud. Lo mismo me adentré en el pensamiento que en la historia. Busqué en los atlas y en los manuales de psicología. Consulté en los diccionarios para tener palabras con las que expresarme, entenderme, y entender y conocer a los demás. Me aproximé a los oficios de los menestrales y a las teorías de los sabios, y estuve dispuesta a leer lo que no necesitaba e, incluso, lo que no quería saber. Me dejé abordar el propio pensamiento y a mi casa le crecieron libros por las paredes y en las mesillas de noche. Y hubo libros en la mesa de camilla y en la encimera de la cocina. En medio de los biberones. En mis bolsos y mis salas de esperas. Conviví con libros y más libros, y agradecía a los escritores, a los traductores, adaptadores, ilustradores y prologuistas, su trabajo en pro del conocimiento, porque gracias a ellos pude ver otros mundos y otros puntos de vista, contradicciones que fueron complementándome.
Hoy sé que la lectura me ha hecho avanzar fuera y dentro de mí, expandirme y retrotraerme para buscarme y encontrarme. Quizás porque leer un libro es una posibilidad de la que parten múltiples posibilidades. Este es mi alegato y mi propuesta a la lectura, buscar la emoción, sentirnos en ella y hacerla sentir en nosotros: una relación abierta a sus distintos enfoques, modalidades y nuevas y venideras tecnologías. La lectura es una base importante para nuestro propio desarrollo y para la propia dinámica de la sociedad: leer es saber, pensar, comprender, discernir, formar parte de algo y poder establecer nuestros propios razonamientos y, una vez metidos de lleno en ese acontecer, nos damos cuenta que, además, es una de las experiencias más completas y más gratificantes que podemos ofrecernos en nuestra tarea de vivir".
El cantaor Enrique Morente nos ha dejado, sin embargo siempre tendremos su arte.


Colección: Colección Sillón Orejero
Cartoné
Color. 128 páginas.
16 euros.
ISBN: 978-84-92769-81-0
“Mi padre tardó 90 años en caer de la cuarta planta” es una de las primeras frases de esta novela gráfica que el hijo de Antonio Altarriba (catedrático de literatura francesa en la universidad del País Vasco) escribe y que Kim dibuja.Antonio Altarriba Lope vivió los momentos mas duros del siglo XX, desde la guerra civil en el doblemente perdedor bando de los anarquistas, hasta la posterior lucha junto a la resistencia francesa combatiendo a los nazis durante la ocupación francesa en la segunda guerra mundial. Una vida en Francia de perversión moral de los ideales revolucionarios y un regreso a una España fascista, católica, de caciques, miseria y venganzas. La muerte de franco, la llegada de esta democracia tan deficiente y la vejez ya en la residencia para ancianos donde finalmente se quita la vida.
Es una historia dura y cruel, porque así fueron esos años y así fueron los perdedores, o quizás sería mejor decir los vencidos, porque perdedores siempre son los mismos.